Cuando llamé al portero automático de su casa, no pude reprimir el contestar "soy Maldonado, el hombre del tiempo".
La Semana Santa se acercaba y la planificación del viaje, requería un continuo seguimiento del estado del clima en la zona costera que comprende, Cartagena, Portman y Cabo de Palos. Esa sería la franja costera a la que dedicaríamos nuestras jornadas de pesca en esa semana de vacaciones. Los resultados de los estudios meteorológicos auguraban una buena climatología, sol y poco frío.
"
Riki", "
Von Chemmen" y yo dedicamos, con verdadero entusiasmo, todo un día en los preparativos. Tomamos la decisión por razones obviamente económicas, de llevarnos desde Madrid los alimentos de los tres para toda la semana. Desayuno, comida, cena y bocadillos.
El viaje fue como todos los viajes que hemos hecho juntos, ella conduciendo, él de copiloto encargado de la música y yo detrás sin otra cosa que hacer que esperar el momento oportuno para pedir agua o quejarme por variopintos motivos tales como: "jooo ¿queda muchooo?", "Teeengo calooor", "quieero aaagua", "me haaago piiis", "¿cuantooo faltaaa?". A todas estas quejas, hechas con entonación infantil, la respuesta es siempre la misa "calla joio niño".
Ya oscurecido, llegamos a nuestro destino cansados pero con el entusiasmo intacto.
Al día siguiente continuamos con el ritual, visitando las tiendas de pesca, en las que adquirir lo imprescindible para el tipo de pesca que íbamos a practicar;
barritas de luz química para los flotadores, algún que otro flotador, anzuelos para reponer,
coreanos (
para dar sabor a nuestros bocadillos) y demás pertrechos que pudiésemos necesitar para las cuatro o cinco jornadas de pesca nocturna que nos esperaban.
Al atardecer de un soleado día, nos dirigimos a nuestro pesquil (lugar de pesca) preferido. Aunque el clima acompañaba, nuestro gozo se vio en el pozo; el mar, caprichoso como nunca, decidió recibirnos con sus mejores y espumosas galas: gran oleaje y viento endiablado. Nuestro pesquil, muy expuesto, no era factible para la pesca. Buscamos un lugar a cubierto del oleaje y del viento.
En un recodo formado por roca natural y una pequeña plataforma de construcción humana, se encontraba la solución a nuestros pesares. Refugiados del viento y del oleaje plantamos nuestros aparejos y comenzamos, alegres, nuestra jornada de pesca.
La primera emoción llegó para ella, un
salpa de muy buen tamaño (diría yo que, la madre de todas las salpas) picó en su anzuelo.
En un momento dado observe que los tres flotadores, dejaron de bailar al son del mermado oleaje y comenzaron a hacer movimientos raros. Mis sospechas se confirmaron, la corriente marina cambió, el oleaje bordeaba el pequeño brazo rocoso y chocaba, a nuestros pies, bajo la plataforma de cemento.
Algunas salpicaduras, llegaron cerca de nosotros. Sin mayores contratiempos, seguimos con la pesca. Aún así, fuimos precavidos y nos embuchamos en nuestros trajes de agua.
¡
Bien que hicimos!, sobre todo ella y él, pues sentados a mi derecha recibían de vez en cuando algo más que salpicaduras.
Jocoso fue mi comportamiento hacia ellos dos, cuando una ola choco con la base de la plataforma con mayor fuerza que las anteriores y les envió una buena pared de agua que luego, cayo sobre ellos. "Las olas respetan al verdadero y avezado pescador y se ensaña con los novatillos" les dije. Me miraron, se rieron y dijeron al unísono "¡ya, ya!".
No había terminado de reírme de mis dos amigos, cuando en la base sonó estruendosa una ola con mucha mala leche. Ante mi se elevo una pared de agua, tupida, no me dejaba ver más allá, fije mi vista en la espumosa cabellera , avanzaba hacia mi desde la altura, agaché la cabeza, dije ¡oh, oh! y recibí una salina ducha durante un largo, larguísimo, tiempo. La Ola Interminable se fijó en mi, a ellos ni una sola gota.
Risas, risas y más risas y no mías por cierto.
En toda la semana, nos fue imposible volver a pescar, por más intentos que hicimos. El mar no nos dejaba.
El último día, de regreso a casa vimos desde la carretera un mar azul calmado, como una balsa de aceite.