
Apenas abrió los ojos, un boceto de alegre sonrisa iluminó su rostro.
Salió de la cama con ánimos renovados, sabía que aquel día iba a ser un maravilloso día.
Hizo los preparativos pertinentes y partió sabiendo todo cuanto tenía que hacer.
Era temprano, aún no asomaba el Sol, cuando llegaba a aquel tramo de arena flanqueado por impresionantes rocas. El sonido discontinuo del agua llegaba a sus oídos y alento su ánimo.
Ejecutó su primer lance y se sentó sobre la arena a la espera del amanecer.
El Sol despertaba por el horizonte e iba mostrandole, poco a poco, aquel maravilloso lugar.
Fijó su atención en la lejanía, en el Este.
Pausadamente fue cerrando sus ojos, acercó su presencia y habló con ella.
❝¿Sabes?, hoy quizá podríamos pasear por la orilla, después me gustaría invitarte a comer y más tarde, tomaríamos café en ese sitio que tanto te gusta.
Quizá te apetezca contarme cosas de ti, de cuando eras niña, de tus juegos y juguetes preferidos y las aventuras que pasaste en tu primer viaje de vacaciones.
Me encantaría que me contaras aquella vez que notaste que tu sitio se quedaba pequeño y decidiste abrir fronteras y las sensaciones que viviste en un país ajeno siendo tan joven.
Después pasearemos de regreso y yo te contare cosas sobre mi, de cuando era niño, de mis juegos y juguetes y sobre aquellas trepidantes aventuras que tuve en aquel rio junto con mis hermanos.
Al llegar la noche quisiera descansar y dormir junto a ti. Por la mañana, cuando despertases, te llevaría tu desayuno preferido... un café con mucho amor, una flor y un tierno abrazo.❞
Cuando abrió los ojos se dio cuenta que el Sol estaba ya en su zenit, recogió sus cañas y caminó de regreso a casa con el espíritu alegre pues, aquella, había sido una maravillosa jornada.