Al final del espigón, cerca del viejo faro, vislumbré las puntas de varias cañas, por lo que desistí en seguir sorteando rocas y basura. Adecué mis trastos a la orografía del terreno y saqué de mi mochila un paquete de bolsas de basura. Había decidido salirme de la rutina de una jornada de pesca normal, en lugar de recoger basura al final de la jornada, lo haría durante ella.
Un total de diez bolsas llenas en menos de media hora. "Eres un pringao, Ray" me dije, ¿que vas a hacer ahora con todas las bolsas?, tras unas ligeras cábalas pensé que, cargando con todos mis trastos mas las diez bolsas y caminando en un terreno accidentado, el regreso iba a ser árduo, por lo que decidí hacer varios viajes con las bolsas de basura, hasta el contenedor que hay al comienzo del espigón.
Pasado un tiempo, que no me pareció mas de dos horas, terminé con mis idas y venidas y pude por fin, dedicar mi tiempo en pescar, o en intentarlo, que es más correcto. Sentado en mi silla, me encendí el primer cigarrillo de la jornada e hice mi primer lance, el flotador voló unos veinte metros, tocó el agua, se estabilizó y desapareció bajo el agua. Sorprendido, elevé mi caña y note el tirón, ¡había picada!. Pasado un corto período asomó entre aguas una hermosa herrera, la saqué del agua y al desanzuelarla caí en la cuenta.
¡Leches!, ¿y ahora, dónde coño la meto?, había gastado todas las bolsas en recoger la basura y ahora no tenía donde meter las capturas. Con el pez en la mano miré alrededor, intentando encontrar una de las cientos de bolsas que hay desperdigadas, pero no había ninguna. Recordé que en mi mochila quedada una bolsa, la del bocata, así que la use para meter el pez, no sin antes quitarle la vida. Odio ver como los pescadores aumentan el sufrimiento de los animales, metiéndolos vivos y dejando que mueran asfixiados.
Bien entrada la noche, con cuatro hermosos peces en la bolsa, mi estómago reclamó combustible así que, me preparé un "pedazo" de bocadillo de mejillones en escabeche regado con una, tan solo fresca, cervecita. Tras acabar el bocadillo hice intención de encenderme un cigarrillo, pero refrené mi primer impulso y deje, durante un buen rato, que mi sentido del gusto trabajase con los últimos efluvios y aromas de los mejillones, pasado ese efecto postgusto, y no antes, fue cuando me encendí el cigarrillo.
Unas horas, no mas de tres, después, el mar comenzó a hacer de las suyas, se encrespó primero y enrabietó después por lo que tomé la determinación de recoger y marcharme antes de que una ola me empapase. Recogí mis trastos tan rápidamente como me fue posible e instintivamente comencé a recoger la basura generada en mi jornada de pesca, un par de latas de mejillones con sus cajas, un par de cajas de cebo, bolsita de la barra de luz química, la propia barrita de luz química, un par de latas de cerveza, otro par de latas de cerveza :), colillas, y demás residuos que por diminutos no voy a mencionar.
Cuando lo tuve todo reunido, comenzó a llover, la urgencia del momento me hizo pensar rápido. Tan solo tenía una bolsa así que metí la basura junto con los peces y la vaciaría al llegar al contenedor.
Arreció la lluvia y el mar ser torció, por lo que el agua me llegaba desde el cielo y desde tierra, empapado llegué a la altura del contenedor, arrojé la bolsa al más puro estilo Pau Gasol y, ya en terreno llano, corrí tan rápido como mis piernas y mi edad me permitieron.
Empapado hasta la médula, en ese estado fue como llegué a casa. Recuperé el aliento, me despojé de la mojada indumentaria, cogí la mochila y me encaminé a la cocina para limpiar los ¿¿peces??. ¡¡¡La madre que te parió, Ray!!!
