domingo, 24 de enero de 2010

La Isla, al final del Canal Grande



Frente a mi, a medio centenar de metros, el destello de unas pocas luces anunciaban la presencia del embarcadero. Intenté adivinar qué habría tras las luces, pero una densa niebla me lo impedía.

El lugar al que me había llevado el amable barquero, era una angosta y alargada isla, muy alargada. Recalamos en el extremo Norte de a isla, mi camino estaba ya predefinido... recorrería aquella isla de Norte a Sur.

- Lo he pensado mejor, venga a buscarme mañana a esta misma hora. Presiento que voy a necesitarle para volver - Dije al barquero.
- Por supuesto señor, estaré puntual.

Puse pie sobre las tablas del embarcadero, mire en derredor mío y comencé mi caminata. La densa niebla dificultaba mi camino, una niebla que cubría toda la extensión de la isla, se paraba en la misma orilla sin llegar al agua, como frenada por un invisible muro.

Pasaron tres o cuatro horas, la niebla se fue disipando y por fin pude ver aquel páramo desolado que era la superficie de la isla. Mis pasos fueron mas ligeros y mi visión alcanzaba ya a divisar el final de la isla.

Tras unas cuantas horas, detuve mi caminar y mirando al horizonte me pareció ver una figura humana que caminaba en mi misma dirección, bordeando la alargada playa.

Aceleré mis pasos, durante un corto periodo de tiempo me pareció alcanzar a aquella figura recortada en el horizonte, pero inmediatamente después, la distancia entre los dos volvía a ser la misma, por alguna extraña razón no conseguía acerarme a aquella persona.

Cuando llegué al extremo Sur de la isla pude divisar que aquella figura estaba parada, al acercarme un poco más pude distinguir que aquella figura era de mujer.

Los acelerados latidos de mi corazón retumbaron en mis sienes, supe que era ella. La llamé a gritos pero no pareció oírme. Casi a la carrera recorrí los últimos metros, pero no conseguía acercarme más a ella por más que acelerase mi carrera.

Así estuve largas horas, tras ella sin poder alcanzarla. La veía claramente, veía su espalda, mojaba sus pies en el mar, su melena hondeaba con la brisa, pero era inalcanzable.

Fue noche cerrada cuando pude alcanzarla, tan solo unos metros nos separaban, volví a llamarla, pero no contestó. Siguió caminando sin girar su rostro.

Cansado, detuve mis pasos y comprendí que no conseguiría nunca alcanzarla. Supe que, ella, no quería ser encontrada, así que, entristecido y desanimado, me dirigí hacia el embarcadero del extremo Norte donde me esperaba la embarcación que me llevaría a tierra firme... donde realmente está mi camino.