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sábado, 6 de febrero de 2010

Cerca



Apenas abrió los ojos, un boceto de alegre sonrisa iluminó su rostro.
Salió de la cama con ánimos renovados, sabía que aquel día iba a ser un maravilloso día.
Hizo los preparativos pertinentes y partió sabiendo todo cuanto tenía que hacer.
Era temprano, aún no asomaba el Sol, cuando llegaba a aquel tramo de arena flanqueado por impresionantes rocas. El sonido discontinuo del agua llegaba a sus oídos y alento su ánimo.
Ejecutó su primer lance y se sentó sobre la arena a la espera del amanecer.
El Sol despertaba por el horizonte e iba mostrandole, poco a poco, aquel maravilloso lugar.
Fijó su atención en la lejanía, en el Este.
Pausadamente fue cerrando sus ojos, acercó su presencia y habló con ella.

❝¿Sabes?, hoy quizá podríamos pasear por la orilla, después me gustaría invitarte a comer y más tarde, tomaríamos café en ese sitio que tanto te gusta.
Quizá te apetezca contarme cosas de ti, de cuando eras niña, de tus juegos y juguetes preferidos y las aventuras que pasaste en tu primer viaje de vacaciones.
Me encantaría que me contaras aquella vez que notaste que tu sitio se quedaba pequeño y decidiste abrir fronteras y las sensaciones que viviste en un país ajeno siendo tan joven.
Después pasearemos de regreso y yo te contare cosas sobre mi, de cuando era niño, de mis juegos y juguetes y sobre aquellas trepidantes aventuras que tuve en aquel rio junto con mis hermanos.
Al llegar la noche quisiera descansar y dormir junto a ti. Por la mañana, cuando despertases, te llevaría tu desayuno preferido... un café con mucho amor, una flor y un tierno abrazo.❞

Cuando abrió los ojos se dio cuenta que el Sol estaba ya en su zenit, recogió sus cañas y caminó de regreso a casa con el espíritu alegre pues, aquella, había sido una maravillosa jornada.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cebos para pescar


Tras estos meses de sequía bloguera, vuelvo con reforzados ánimos (espero).

Los cebos son un importante elemento para la pesca en cualquiera de sus modalidades.

En esta entrada me voy a centrar en los cebos naturales para el mar, y los mas usados por los pescadores.



Gusano coreano: Muy fácil de encontrar en todas las tiendas de artículos de pesca de ciudades costeras. Es un gusano muy parecido a un ciempiés de color verdoso. Su piel es dura por lo que aguanta bastante bien en el anzuelo. El pez pica con agilidad.



Puntas de calamar o pulpo: Tambien es muy fácil de encontrar en cualquier hiper o super mercado y, evidentemente, en cualquier pescadería. Pican sobre todo sargos.



Sardina salada: Este cebo en especial, siempre que lo uso, me da muy buenos resultados y también mucha hambre, pues cuando las veo me entran ganas de hacermelas al espeto en lugar de malgastarlas como cebo.



Bígaro: Un cebo sin igual, su carne es muy dura por lo que permanece en el anzuelo una eternidad y los más importante, sale muy económico. A los sargos les encanta




Sin embargo, existe un cebo que es infalible. Una vez es usado, las picadas son tremendas, profundas y los peces se dejan pescar sin ninguna objeción, me estoy refiriendo a este cebo:








Yo piqué con inmensa alegría y me dejé pescar entusiasmado.
Para ti ;)


Saludos cordiales a todos

miércoles, 6 de febrero de 2008

Una ola interminable



Cuando llamé al portero automático de su casa, no pude reprimir el contestar "soy Maldonado, el hombre del tiempo".

La Semana Santa se acercaba y la planificación del viaje, requería un continuo seguimiento del estado del clima en la zona costera que comprende, Cartagena, Portman y Cabo de Palos. Esa sería la franja costera a la que dedicaríamos nuestras jornadas de pesca en esa semana de vacaciones. Los resultados de los estudios meteorológicos auguraban una buena climatología, sol y poco frío.

"Riki", "Von Chemmen" y yo dedicamos, con verdadero entusiasmo, todo un día en los preparativos. Tomamos la decisión por razones obviamente económicas, de llevarnos desde Madrid los alimentos de los tres para toda la semana. Desayuno, comida, cena y bocadillos.

El viaje fue como todos los viajes que hemos hecho juntos, ella conduciendo, él de copiloto encargado de la música y yo detrás sin otra cosa que hacer que esperar el momento oportuno para pedir agua o quejarme por variopintos motivos tales como: "jooo ¿queda muchooo?", "Teeengo calooor", "quieero aaagua", "me haaago piiis", "¿cuantooo faltaaa?". A todas estas quejas, hechas con entonación infantil, la respuesta es siempre la misa "calla joio niño".

Ya oscurecido, llegamos a nuestro destino cansados pero con el entusiasmo intacto.

Al día siguiente continuamos con el ritual, visitando las tiendas de pesca, en las que adquirir lo imprescindible para el tipo de pesca que íbamos a practicar; barritas de luz química para los flotadores, algún que otro flotador, anzuelos para reponer, coreanos (para dar sabor a nuestros bocadillos) y demás pertrechos que pudiésemos necesitar para las cuatro o cinco jornadas de pesca nocturna que nos esperaban.

Al atardecer de un soleado día, nos dirigimos a nuestro pesquil (lugar de pesca) preferido. Aunque el clima acompañaba, nuestro gozo se vio en el pozo; el mar, caprichoso como nunca, decidió recibirnos con sus mejores y espumosas galas: gran oleaje y viento endiablado. Nuestro pesquil, muy expuesto, no era factible para la pesca. Buscamos un lugar a cubierto del oleaje y del viento.

En un recodo formado por roca natural y una pequeña plataforma de construcción humana, se encontraba la solución a nuestros pesares. Refugiados del viento y del oleaje plantamos nuestros aparejos y comenzamos, alegres, nuestra jornada de pesca.

La primera emoción llegó para ella, un salpa de muy buen tamaño (diría yo que, la madre de todas las salpas) picó en su anzuelo.

En un momento dado observe que los tres flotadores, dejaron de bailar al son del mermado oleaje y comenzaron a hacer movimientos raros. Mis sospechas se confirmaron, la corriente marina cambió, el oleaje bordeaba el pequeño brazo rocoso y chocaba, a nuestros pies, bajo la plataforma de cemento.

Algunas salpicaduras, llegaron cerca de nosotros. Sin mayores contratiempos, seguimos con la pesca. Aún así, fuimos precavidos y nos embuchamos en nuestros trajes de agua.

¡Bien que hicimos!, sobre todo ella y él, pues sentados a mi derecha recibían de vez en cuando algo más que salpicaduras.

Jocoso fue mi comportamiento hacia ellos dos, cuando una ola choco con la base de la plataforma con mayor fuerza que las anteriores y les envió una buena pared de agua que luego, cayo sobre ellos. "Las olas respetan al verdadero y avezado pescador y se ensaña con los novatillos" les dije. Me miraron, se rieron y dijeron al unísono "¡ya, ya!".

No había terminado de reírme de mis dos amigos, cuando en la base sonó estruendosa una ola con mucha mala leche. Ante mi se elevo una pared de agua, tupida, no me dejaba ver más allá, fije mi vista en la espumosa cabellera , avanzaba hacia mi desde la altura, agaché la cabeza, dije ¡oh, oh! y recibí una salina ducha durante un largo, larguísimo, tiempo. La Ola Interminable se fijó en mi, a ellos ni una sola gota.

Risas, risas y más risas y no mías por cierto.

En toda la semana, nos fue imposible volver a pescar, por más intentos que hicimos. El mar no nos dejaba.

El último día, de regreso a casa vimos desde la carretera un mar azul calmado, como una balsa de aceite.



domingo, 21 de octubre de 2007

Relato de pesca

Llegué al atardecer al inmenso espigón exterior del puerto. El recorrido hasta mi punto de pesca fue, como siempre, deprimente. Los residuos que vamos dejando los pescadores en espigones y escolleras va en aumento, latas de bebidas, botellas, cajas de cebo, paquetes de anzuelos, madejas de sedal, bolsas de plástico, increíble, bolsas con basura. No me lo explico, alguien se molesta en meter todos los residuos en una bolsa y luego, deja la bolsa entre las rocas de la escollera.

Al final del espigón, cerca del viejo faro, vislumbré las puntas de varias cañas, por lo que desistí en seguir sorteando rocas y basura. Adecué mis trastos a la orografía del terreno y saqué de mi mochila un paquete de bolsas de basura. Había decidido salirme de la rutina de una jornada de pesca normal, en lugar de recoger basura al final de la jornada, lo haría durante ella.

Un total de diez bolsas llenas en menos de media hora. "Eres un pringao, Ray" me dije, ¿que vas a hacer ahora con todas las bolsas?, tras unas ligeras cábalas pensé que, cargando con todos mis trastos mas las diez bolsas y caminando en un terreno accidentado, el regreso iba a ser árduo, por lo que decidí hacer varios viajes con las bolsas de basura, hasta el contenedor que hay al comienzo del espigón.

Pasado un tiempo, que no me pareció mas de dos horas, terminé con mis idas y venidas y pude por fin, dedicar mi tiempo en pescar, o en intentarlo, que es más correcto. Sentado en mi silla, me encendí el primer cigarrillo de la jornada e hice mi primer lance, el flotador voló unos veinte metros, tocó el agua, se estabilizó y desapareció bajo el agua. Sorprendido, elevé mi caña y note el tirón, ¡había picada!. Pasado un corto período asomó entre aguas una hermosa herrera, la saqué del agua y al desanzuelarla caí en la cuenta.

¡Leches!, ¿y ahora, dónde coño la meto?, había gastado todas las bolsas en recoger la basura y ahora no tenía donde meter las capturas. Con el pez en la mano miré alrededor, intentando encontrar una de las cientos de bolsas que hay desperdigadas, pero no había ninguna. Recordé que en mi mochila quedada una bolsa, la del bocata, así que la use para meter el pez, no sin antes quitarle la vida. Odio ver como los pescadores aumentan el sufrimiento de los animales, metiéndolos vivos y dejando que mueran asfixiados.

Bien entrada la noche, con cuatro hermosos peces en la bolsa, mi estómago reclamó combustible así que, me preparé un "pedazo" de bocadillo de mejillones en escabeche regado con una, tan solo fresca, cervecita. Tras acabar el bocadillo hice intención de encenderme un cigarrillo, pero refrené mi primer impulso y deje, durante un buen rato, que mi sentido del gusto trabajase con los últimos efluvios y aromas de los mejillones, pasado ese efecto postgusto, y no antes, fue cuando me encendí el cigarrillo.

Unas horas, no mas de tres, después, el mar comenzó a hacer de las suyas, se encrespó primero y enrabietó después por lo que tomé la determinación de recoger y marcharme antes de que una ola me empapase. Recogí mis trastos tan rápidamente como me fue posible e instintivamente comencé a recoger la basura generada en mi jornada de pesca, un par de latas de mejillones con sus cajas, un par de cajas de cebo, bolsita de la barra de luz química, la propia barrita de luz química, un par de latas de cerveza, otro par de latas de cerveza :), colillas, y demás residuos que por diminutos no voy a mencionar.

Cuando lo tuve todo reunido, comenzó a llover, la urgencia del momento me hizo pensar rápido. Tan solo tenía una bolsa así que metí la basura junto con los peces y la vaciaría al llegar al contenedor.

Arreció la lluvia y el mar ser torció, por lo que el agua me llegaba desde el cielo y desde tierra, empapado llegué a la altura del contenedor, arrojé la bolsa al más puro estilo Pau Gasol y, ya en terreno llano, corrí tan rápido como mis piernas y mi edad me permitieron.

Empapado hasta la médula, en ese estado fue como llegué a casa. Recuperé el aliento, me despojé de la mojada indumentaria, cogí la mochila y me encaminé a la cocina para limpiar los ¿¿peces??. ¡¡¡La madre que te parió, Ray!!!


martes, 31 de julio de 2007

¡¡Qué picadón!!

Cuatro treinta y cinco de la madrugada, llevo ya unas seis hora sentado en mi silla sin apartar la vista de mi flotador con luz química.
Uso como cebo bígaro crudo, pues intento capturar el, para mi, preciado sargo. Un pez que lucha con tesón y que tiene una carne exquisita.
Sin previo aviso, como suele suceder, la barrita de luz química desaparece bajo las aguas. Rápidamente elevo mi caña para tensar el sedal y así clavar al pez. Se produce un tremenda tensión que amortiguo soltando hilo y comienzo a recoger. Los tirones del pez son salvajes, la caña se curva hasta el límite de su resistencia. Menuda pieza acabo de clavar y como tira el condenado, celebro para mis adentros mientras giro sin cesar la manivela de mi carrete.

Poco a poco voy acercando el pez a la orilla del pequeño espigón en el que estoy pescando y, poco a poco, voy minando la resistencia del animal. Cuando lo tengo cerca, alumbro con la linterna hacia el agua e intuyo una pieza de muy buen tamaño. Es entonces cuando el gozo me hace estallar en un ¡¡jooder!!. Nervioso comienzo a izar, ¡¡ya asoma... lo conseguí... Mierda...!!No hay jornada de pesca marítima en la que no me falle la dichosa Escorpa.
¡¡¡Si es que soy un pringaillo, oiga!!!



¡¡¡Si es que soy un pringaillo, oiga!!!


Que alguien me diga cuanta ropa de invierno es necesaria llevar en la segunda quincena de julio en la Costa del Sol, ninguna ¿verdad?, lo normal son unos pantaloncitos bermudas y unas cuantas camisetitas.

¡Pues no!, hay que llevar ropa de abrigo porque si no, te toca salir corriendo al Decathlon a comprarte un par de forros polares, para poder soportar el gélido airecillo o brisa marina de la noche de Costasolense.

Así fueron mis primeras tres noches de pesca en el puerto de Benalmádena, gélidas. No me lo podía creer, a veintitantos de julio y un frío de narices. A tal punto de frío, que la mayoría del tiempo tuvimos (mi hermano y yo) que conformarnos con mirar los punteros de las cañas desde el coche.

Salir a la carrera para revisar o cambiar el cebo y volver a la velocidad del rayo al coche y ¡¡poner la calefacción!!, si es que atinábamos a darle al botoncito con la tiritera, fue la tónica general de las primeras noches de pesca. Las siguientes se hicieron más soportables ya que se produjo una tímida subida de temperatura y porque el forro polar era de buena calidad.

Ni que decir tiene que de pescar nada de nada. Se conjugaron las tres circunstancias para que el pez (que no es tonto) no se acerque a la costa a alimentarse, una: el mar de fondo, dos: las bajas presiones y tres: nuestra presencia.




domingo, 24 de junio de 2007

Las emociones de la pesca


La dorada, la lubina, el sargo, la herrera, la mojarra... peces que no son fáciles de conseguir para un pescador que introduce en millones de litros de agua salada un pequeño anzuelo con un pequeño trozo de sardina o un gusano insertado en él. Aquí tenemos una de esas emociones, la del primer lance. Un primer lance en el que previamente hemos llevado a cabo todos y cada uno de los pasos necesarios para poder ejecutarlo. Cada uno de esos pasos está repleto de emociones. La llegada al sitio de pesca, la mirada al mar tras meses sin poder hacerlo, los preparativos, desplegar las cañas, preparar los cebos y lanzar. Esos momentos son para mi de los más emocionantes y tensos de una jornada de pesca en la que, lleno de esperanza, ejecutas el primer lance.
Sosiego, otra de las emociones. Una vez que has lanzado superando la tensión de los primeros momentos, la tranquilidad se afianza en tu mente y vuelves a mirar el mar, sin dejar de echar un vistazo que otro a la punta de la caña o al flotador. Tan solo queda esperar, mirado el mar, charlando con tus compañeros de pesca, un bocadillo, una cervecita. Más emociones, la charla relajada, cruce de pareceres, comentarios... todo son emociones que se van sumando a las que ya estás disfrutando.
Y llegó la picada, emoción, comienzas a recojer sedal observando la punta de la caña, fundiendo esta con tus manos para sentir la tensión de caña y sedal y los tirones del pez. De tensa emoción es la espera hasta que vislumbras un chapoteo en el agua y ves un lomo plateado (no importa el tamaño), ¿qué será? ¿dorada? ¿oblada? ¿sargo?. Tienes el pez en tus manos y según sea su tamaño o bien lo devuelves a su medio o bien lo introduces en el rejoncillo, no sin antes tener que mostrarlo a tus compañeros. Vuelta a empezar, preparativos, lance, sosiego, charla, comentarios, deseos de otra picada...Cúmulo de emociones.
Las horas van pasando y llega el momento de recoger y volver a casa, una última mirada al mar. Los regresos, ya sean con pescado o si el, son emocionantes. Comentarios sobre la jornada de pesca, planes para la siguiente jornada, más comentarios sobre aquel que se me escapó.
Así es, tras tanta emoción llega uno rendido y duerme como un niño, soñando con la siguiente jornada.

jueves, 14 de junio de 2007

De sufrimientos y afines

¿Se sufre en una jornada de pesca? SI.
El sufrimiento viene implícito con la suerte de ese día, si pican el sufrimiento es mínimo.

Se sufre ¡y de que manera! cuando pasan las horas y no ves movimiento en la caña, se sufre cuando después de hacer unos cuantos kilómetros, llegas al sitio y se entabla una tormenta, o el dios Eolo hace de la suyas. Se sufre cuando una sola picada se convierte en una enorme decepción ya que el pezqueñin es más pequeño que el cebo o que la posible captura se convierta en certera escapada y uno se queda mirando con boba expresión ese punto bullicioso del agua en el que ha desaparecido tu ansiada presa.

Pero cuando más se sufre es cuando un vecino, recién llegado al lugar en el que tu llevas horas, echa su aparejo al agua y en cuestión de minutos ¡ZAS! una Dorada de buen tamaño. Si, es entonces cuando te acuerdas de todos los dioses habidos y por haber, de sus padres y de familiares. De reojo, ves como tu vecino guarda su pieza. Le miras, le sonries dando a entender que le felicitas y él te contesta con una sonrisa y te pregunta: ¿y usted a pescado algo?, entonces con tan buen humor como te es posible contestas: No nada, he llegado cinco minutos antes que usted.

Sufres cuando regresas a casa con el zurrón vacío y alguien te pregunta: ¿Que has pescado?. Además este sufrimiento va en aumento, pues con el paso del tiempo la pregunta varia desde ¿ha habido suerte esta vez? a ¿Traes algo? o a comentarios de sarcasmo hiriente como: ¡menos mal que la cena ya está hecha, porque si tenemos que esperar que tu nos traigas pescado para cenar, vamos listos!.

Así que definitivamente el 95 % de las veces que uno sale de pesca es para sufrir sin ser masoquista.