domingo, 16 de diciembre de 2007

Zipi y Zape


Así nos llamaban, a mi hermano y a mi en el barrio. Si nos llamaban así, era porque hacíamos suficientes méritos para tener tan honorables apodos, cuidando, muy mucho, de no bajar la guardia para que no decayese nuestra bien reputada fama.

No había árbol que se nos resistiese, no había travesura en la que, alguno de los dos, no viésemos implicados.

Ni que decir tiene que, en lo referente al cole, eramos un fiel reflejo de los gemelos, aunque mi hermano y yo no lo seamos.

He de reconocer que el más activo de los dos, no era yo, como prueba quedan las cientos de cicatrices, de caídas, saltos, empellones y pedradas que tiene Zape.

Si alguien buscaba a Zape, o Zipi, no tenía más que alzar la vista y mirar en las copas de los árboles, o en lo alto de los muros, allí siempre estaba uno de los dos.

Si no nos encontraban por esas latitudes, no tenían más que dirigirse a la Casa de Socorro más cercana.