Hoy, por ser sábado y primero de mes, me ha tocado ir a un hiper-mega-supermercado a hacer la compra, como todo el mundo, o sea, que estaba todo el mundo.
Bien tempranito, pera evitar la hora punta (creía yo), me he presentado en el hiper con la limitada felicidad que representa el hecho de recorrer interminables (y cada vez más estrechos) pasillos entre góndolas repletas de productos.
Los primeros pasos por esos pasillos, están llenos de incertidumbre... ¿"tres por dos" o uno barato?, ¿una caja o con un bote me vale?, "ofertón", "promoción"...
Una vez que entro en la dinámica todo se hace más fácil, de entre todos los productos del mismo género, elijo el que menos acceso tiene, el que menos se ve, es el más barato (COMPROBADO).
Pero, ¡ay amigo!, que tremenda dificultad la de manejar esos carros, cuando comienzan a estar llenos, sortear otros carros se me tercia una ardua tarea. Llevar cuidado de no destrozar los talones de quien va delante, me llena de estres. Tratar de que "el puto carro" vaya lo más recto posible, destroza mis lumbares y retuerce mis riñones.
¡Es que no hay ni un carro que vaya recto!... ¡ni de coña! todos se tuercen a izquierda o derecha.
Tras una hora de atascos, choques y bloqueos, llego a un pasillo en el que no hay nadie, ¡claro!, alimentos para animales y pilas y bombillas, aún así disfruto del momento, reduzco el ritmo y me entretengo en mirar qué se da de comer a los perros y gatos.
Me armo de valor y encauzo mi rumbo hacia el embotellamiento que hay en la sección de lácteos, ¡joder!, de repente la temperatura baja diez grados, sudando que va uno, se le quitan las ganas de coger los yogures bio-mega-buenos para el colesterol que te dejan los "tringuinglinguis" esos como una rosa.
Otro pasillo vacío, ¡claro!, el de los jamones. ¡Aquí me paro un rato!, me digo. El aroma me inunda e inflama mi pituitaria, los miro de reojo y me despido de ellos hasta Navidades que es cuando toca. En este corto momento de relajación, rodeado de mis amigos los jamones, me quedo observando al resto de sufridores, sus caras me lo dicen todo. El agobio reflejado en sus rostros me sirven de espejo, con lo que me lleva al conformismo al pensar que no soy el único que está pasando este trance.
Reinicio mi recorrido y dirijo, ¡que más quisiera yo!, el carro me dirige pues he desistido en mi intento de llevarlo recto, así que
ÉL me lleva a la sección de congelados, otro bajón de temperatura mayor que el de lácteos, nos quieren matar de pulmonía crónica a pesar de que nos dejamos los cuartos en su establecimiento.
Casi estoy en el final de mi periplo, después de dejar en el carro un paquete de café, levanto mi vista y me encuentro con un monumental atasco en un cruce entre pasillos, hago intento de cruzar y ¡lo inevitable!,choca con mi carro un señor con la cara desencajada que empuja, no uno, dos carros siguiendo los pasos, a duras penas, de su amada esposa, que va arrollando a diestro y siniestro, con mirada ida, en dirección a un pallet casi vacío de latas de espárragos en oferta.
El pobre señor, recompone su figura me mira desconsolado, me pide disculpas y sigue su camino tras ella.
Repaso la lista de la compra, y veo con felicidad que está todo, me encamino a otro suplicio, las colas de las cajas. He pasado por el infierno de pasillos y cruces, he vigilado por la integridad de talones ajenos, me he enfrentado al gélido mundo de los lácteos y congelados, mi carro se ha apoderado de mi voluntad y ¡ahora! me enfrento a una interminable fila de carros por delante de mi, son las dos, llevo desde las once y me quedan, al menos, tres cuartos de hora hasta que me toque. ¡Esto no es venir a hacer la compra del mes, es un verdadero suplicio!
Al final la conclusión es la de la nevera llena, pero a costa de:
Región lumbar destrozada.
Riñones doloridos.
Tres talones ajenos enrojecidos.
Seis colisiones múltiples.
Diez futuras sesiones en psicoanalista.
Un pastón que ha dejado de ser mio y...
Un puto carro de la compra que ha vencido mi voluntad. (Esto es lo que más me duele).